Los mejores discos de 2025
No tengo tiempo para presentarme: este texto va a ser largo. Cada vez escucho más música y tengo más cosas para decir (que no le importan demasiado a nadie). Soy adicto a la opinión.
Y además este año fue raro. Estamos -sospecho- en un tiempo de transición musical, de tendencias que emergen pero no terminamos de ver. Fue la lista que más me costó hacer desde que empecé a escribirlas hace varios años; me costó horrores reducirla a sólo 25 discos, pero hasta el último minuto no podía decidir el top 10. Todavía no estoy del todo contento con el que armé, porque -esta es la regla secreta de la lista- no me alcanza con seleccionar los discos que más me gustan, sino que necesito que sean representativos del año, que sean de alguna forma importantes, significativos.
Para intentar ser justo con este dilema, voy a empezar con una muy extensa selección de menciones de honor.
Voy a tratar de ordenar -mal que mal- este recorrido por géneros, subgéneros, tendencias. Empecemos por el rap, que este año dejó mucho que desear… en el mainstream. Si salís de la radio y las playlists, hubo mucho y muy bueno: GOLLIWOG, lo mejor de billy woods en años; el monumental retorno de Eclipse con Let God Sort Em Out; el giro dance de Tyler, the Creator con DON’T TAP DE GLASS; la actualización del west coast sound que hace Ray Vaughn en The Good The Bad The Dollar Menu; el jazzero Egotrip de John Michel y Anthony James; volviendo a Brasil, CARO vapor II: qual a forma de pagamento? de DON L. Esto dejando de lado el nuevo rap argentino: Saje de Kamada sacó un disco solista, Epifanías; enzocerobulto reinventó la psicodelia vocal con La última gota; Sirio y C Spaulding lanzaron ART BRUT COLLAGE, y retornaron Cerounno y Vinyltracker con Toda una vida en movimiento.
También hubo rarezas, quizás más que nunca: Sortilège, de Gabe ‘Nandez y Preservation en; A City Drowned in God’s Black Tears de Infinity Knives y Brian Ennals; Neighborhood Gods Unlimited de Open Mike Eagle. Este fue un año de evolución para las tendencias más ruidosas del género: las que vienen del rage, como REST IN BASS de Che y Unmusique de Lucy Bedrock-; y las que tocan con el hyperpop Revengeseekerz de Jane Remover y Stardust de Danny Brown.
Dentro de la electrónica. Hubo algunos discos que se acercaron a ella desde la deconstrucción: en Boots of Blinding Speed de Moa Pillar, Music Can Hear Us de DJ Koze, y el retorno de Oneohtrix Point Never con Tranquilizer. Este también fue un año muy interesante para seguir algunos desarrollos dentro de la música latinoamericana. Dejo dos: amor de encava, la magistral presentación del grupo venezolano Weed420, inspirado por la música que pasan en los colectivos; el AOTY de Pitchfork, el homónimo del dúo yankee-boliviano Los Thuthanaka; y la cumbia digital Abismo, de Entrañas y NTFL. En el terreno del ambient y el drone, mis elegidos del año son el paisajismo industrial de All the Dead Melt Down as Rain de Uboa, y el más calmo On a Painted Ocean de Walt McClements.
Pasando a la pista de baile: dos éxitos argentinos que comparten un origen: PUSSY IN BOOTS, de Fiah, y el EP X-Sex con el que Six Sex conquistó el estrellato internacional. Ya entrando directamente en el pop: BLACK STAR, de Amaarae; The BPM, de Sudan Archives y Please, de Rose Gray son tres grandes proyectos. Pasando a latinoamérica y sus ritmos, Coisas Naturais de Marina Sena. Pero, al menos desde Madonna, el pop electrónico tiene su versión de autor. En Argentina esa tendencia está en un momento incomparable; se me ocurren cuatro joyitas: TANYA, de Juana Rozas, POST POP de Homogénica, COCOLICHE de Demián y PUNTOS DE FUGA, de Flor de Oto.
Hubo también otra tendencia interesante: discos que se movieron más cerca del soft rock de cantautora, pero tocando también algunas vibras casi teatrales cercanas al glam. Estoy pensando en EURO-COUNTRY, de CMAT -recomendado para fans de Chappell Roan-, From the Pyre de The Last Dinner Party, Everybody Scream de Florence + the Machine, Straight Line Was A Lie de The Beths y, mi favorito entre estos, The Clearing, quizás lo mejor de Wolf Alice.
Pasando al R&B, tuvimos este año un importante auge de su versión alt, con Baby de Dijon y Essex Honey de Blood Orange. Desde Brasil, y con intención más soulera, CARRANCA de Urias. Mención aparte para SABLE fABLE, el mejor disco de Bon Iver en años.
Llegando finalmente al rock, este fue un buen año para la experimentación, la distorsión y el post-todo: Apiary de Gingerbee; The Future Is Here and Everything Needs to Be Destroyed, de The Armed; (angry noises), de Ciśnienie; Seeing Darkness, de Huremic; Pain to Power, de Maruja; Deseo, carne y voluntad de Candelabro. También hubo buenos proyectos de punk, como the world is still here and so are we, de mclusky o Violence de Truck Violence; y el metal, con private music de Deftones, The Spin de Messa, y Kryptoniter de Halfaya. Y por supuesto, volvió Pulp, con More. Sección aparte para la escena argentina. Mis favoritos favoritos: SASA de Satana Satana; Filosa de Francis Amante; Debajo de mi Armadura de Rosamonte; Este Es El Lugar de Hannie Schaft; Tremens de Sapo Rey; y por supuesto Subidos al Pony del Nota.
Otra tendencia que se destacó este año, desde Estados Unidos, fue el resurgir de un country rock: Bleeds de Wednesday, God’s Gonna Give You a Million Dollars de Shallowater, Valentine de Tongue Relaxer, Of the Highway de oldstar, y Hunting Season, de Home is Where. Aún dentro del country, hubo algunos proyectos más clásicos pero no por eso menos bellos: The Purple Bird, del maestro Bonnie Prince Billy y Send a Prayer My Way de Julien Baker y TORRES.
Siguiendo con el folk y la música de cantautorx, recomiendo Tether, de Annahstasia, y lo nuevo de Big Thief, Double Infinity. También algunas búsquedas más extrañas: Daughters de Jennifer Walton, Una Línea Perdida de Marcos Canosa, Área Afectada de Lucy Patané, Willoughby Tucker, I’ll Always Love You de Ethel Cain o HAGEN de Titanic. No quiero dejar de mencionar el inclasificable Vanisher, Horizon Scraper, de Quadeca.
Como siempre, hay una playlist del top 25. Acá en Spotify, y acá en Tidal.
Ahora sí, pasamos a la lista.
25. DeBÍ TiRAR MáS FOToS - Bad Bunny
Este disco no estaría acá si no hubiera salido el 5 de enero. Es el primer disco que escuché en el año, y me llevó doce meses terminar de apreciarlo. Por supuesto, entré por la canción de protesta “Lo Que Le Pasó a Hawaii”, y por el pegajoso estribillo de “DTMF”. Pero el disco tiene de todo: es un recorrido por las tradiciones puertorriqueñas que se merece sin dudas el éxito que tuvo. En el año del regionalismo, el disco más importante fue sin dudas el del Conejo Malo.
Canciones recomendadas: Lo Que Le Pasó a Hawaii, DTMF, Nuevayol
24. I Love My Computer - Ninajirachi
En algún momento, el crítico Simon Reynolds acuñó el término conceptrónica; no sé muy bien qué quiso decir, pero lo reconozco cuando lo veo, y es el caso de este proyecto de la australiana Ninajirachi. Dentro de la nueva estética de la “intimidad de lo digital”, I Love My Computer es claramente una versión nostálgica, tanto en sus tracks más house como las canciones más explícitamente emotivas. Mi favorita es casi una balada: “Sing Good”, un manifiesto confesional sobre el acceso a la producción musical a través del software.
Canciones recomendadas: Sing Good, All At Once, Fuck My Computer
23. Dulce y Roto - Lvrod
Lvrod es el secreto mejor guardado del folk porteño: compren acciones que van a subir. En otros proyectos, especialmente Caudal (con Cruz, 2023) tiende a sumar texturas electrónicas sobre bases acústicas. En Dulce y Roto, en cambio, se vuelca sobre el folklore y el bolero, y no necesita distorsionarlo para traerlo al presente. Sus tintes góticos (en el sentido de Horacio Quiroga, no de Bauhaus) vibran gracias a la actuación de una banda sensacional y, por supuesto, a la poderosísima voz de la cantante. Y además tiene un sample de Tita Merello.
Canciones recomendadas: Los Médanos, Tanto Veneno, El Dolor
22. Lotus - Little Simz
No esperaba un disco así de Simbi. Desde su éxito con Sometimes I Might Be Introvert, en 2021, la rapera británica es sinónimo de maximalismo, orquestación, rima compleja. Lotus es otra cosa: no necesariamente simple, pero sí directo: mantiene su pluma tenaz, afilada, como un misil teledirigido, en este caso hacia su ex productor Inglo. Por si no queda claro, así lo dice en la primera canción, titulada “Thief”: “You talk about God when you have a God complex / I think you’re the one that needs saving” (“hablás de Dios cuando tenés un complejo de Dios / creo que sos vos el que necesita salvación”).
Canciones recomendadas: Peace, Blue, Thief
21. Tatekieto - PulciPerla
Ya advertí que era un año particular para el regionalismo latinoamericano. PulciPerla es, más o menos, eso: una mezcla de dos grupos, la colombiana La Perla y la francesa Pulcinella. Entre ambas, producen una combinación mágica de tradiciones y ritmos, una especie de insurrección axolotliana, antropófaga, en términos de la movida colombiana “tropicanibalista”. Este fue un año marcado por la música bailable, la hegemonía del ritmo, y eso es Tatekieto, un disco que hace imposible, justamente, estarse quieto.
Canciones recomendadas: Croissant, Chicharachera, Fortuna
20. The Passionate Ones - Nourished By Time
Me cuesta mucho pensar este disco fuera de la trilogía involuntaria que forma con BABY, de Dijon, y Essex Honey, de Blood Orange: tres discos que transitan senderos paralelos del R&B independiente, y que salieron uno tras otro, tres viernes consecutivos de agosto. Me quedo con The Passionate Ones porque es el que mejor hace uso de las dos herramientas que el género tiene a su disposición: la emoción expuesta a través del protagonismo vocal y la plasticidad virtuosa de los sonidos. Nourished By Time salta de un registro a otro: de referencias a Palestina a canciones de amor. Lo que une el disco es, precisamente, la pasión.
Canciones recomendadas: BABY BABY, When the War is Over, Idiot in the Park
19. UNKILLABLE ANGEL - Ada Rook
El año pasado se separó Black Dresses, un dúo canadiense de glitch post industrial. No sólo terminaba una banda, sino también una pareja, la de Ada Rook y Devi McCallion, dando lugar a uno de mis géneros favoritos: el break up album (no va a ser el último de esta lista). UNKILLABLE ANGEL está marcado por el dolor, expresado en gritos y errores de ortografía (“PEE YUORSELF”, se titula, grotescamente, una canción). Todo está en las últimas dos canciones: primero, “holding your sleeping body…”, donde Rook hace explotar sus secretos sin dejar nada a su paso; después, “sun’s violent arc”, donde el totalismo electrónico finalmente cede y, con la calma de quien aceptó lo inevitable, canta: “no matter where I go nowhere feels like home / except when I’m with you” (“no importa a dónde vaya, ningún lugar se siente como casa / salvo cuando estoy con vos”).
Canciones recomendadas: holding your sleeping body i prayed to god for the first time in my life that i would be able to keep you alive, sun’s violent arc, BURY YOURSELF
18. Perverts - Ethel Cain
De los dos proyectos que produjo este año la cantautora estadounidense Ethel Cain, este es mi favorito, por bastante. Después del éxito de Preacher’s Daughter, un disco conceptual sobre abuso y canibalismo que queda a medio camino entre Lana del Rey y Low, había que ir para otro lado. Ella eligió sacar el 8 de enero un “EP” de más de una hora de drone y ambient, urdiendo tramas imposiblemente densas que cuentan historias de amor y sexo con centrales nucleares. Es un disco de magia negra, desde la primera línea de “Punish”: “whatever’s wrong with me / I will take to bed” (“lo que sea que anda mal en mí / lo llevaré a la cama”). Algo del carácter sagrado del sexo, de su transgresión, persiste incluso en el desencantado siglo XXI, y Ethel Cain lo trae a la luz.
Canciones recomendadas: Punish, Vacillator, Etienne
17. La Ciudad del Pop - Mir Nicolás
Hay muchas cosas que se inventaron en otros países pero se perfeccionaron en Argentina: la pizza, el helado, los movimientos nacional-populares. Sumemos el drumless a la lista. Mir Nicolás está en camino a ser el mayor ícono de ese género, sobre todo por su inventiva para el sampleo: cada uno de sus proyectos tuvo un concepto muy preciso detrás. Si SP.I estuvo construido sobre fragmentos de rock nacional, este nuevo disco tiene en sus cimientos el city pop japonés, con esas superficies pulidas que parecen brillar bajo el rayo de sol. Sinestesia pura. Además tiene algunas de mis barras favoritas del año: “estos pa’ la foto se peinan el jopo, Johnny Bravo / dicen que mi discurso es demasiado Freudiano / le saco el jugo al idioma más difícil hispano”.
Canciones recomendadas: Copyright, Drake & Josh, LCDP
16. La debacle de las divas - Blanco Teta
Tuve la oportunidad de ver a Blanco Teta presentar su nuevo disco este noviembre, y ese vivo bastó para sellar su lugar en esta lista. Yo sabía que el sonido del supergrupo estaba en parte conducido por la cellista experimental Violeta García, pero verla tocarlo como si fuera una guitarra eléctrica es una experiencia indescriptible. El sonido es brutal, la banda de sonido perfecta para el presente de devastación y crueldad, sin perder el humor. El punk puede ser sinónimo de rebeldía banal, inconformismo adolescente. O puede ser lo que propone Blanco Teta: insurrección mutante, grito con mil direcciones pero un sólo sentido. Lo que mejor tiene es su urgencia; transmite la desesperación de un mundo que se agota, donde “afuera no hay deseo”.
Canciones recomendadas: Sin nafta, Deseo Deseo, Exorcizada
15. Magic, Alive! - McKinley Dixon
McKinley Dixon es una estrella ascendente del hip hop jazzero. Sería fácil asociarlo con la East Coast: tiene canciones verborrágicas, llenos de rimas internas y estructuras complejas. Pero lo que lo destaca del resto es su voz narrativa: Dixon es un poeta y, cada vez más, se apoya sobre imágenes visuales que es capaz de hacer aparecer con descripciones detalladas pero, de alguna forma, sencillas. Al igual que lo hizo en su obra maestra, Beloved! Paradise! Jazz?!, su material es la nostalgia, la de una infancia jugando en las calles de Annapolis, Maryland, y un coming-of-age hacia un mundo adulto de violencia y desencanto. En este disco, abandona cualquier forma de producción electrónica o sampleo y compone la instrumentación a través de una orquesta de jazz. El vivo se vuelve una parte imprescindible del hechizo, la magia que portan sus palabras para transportarte a otro lado.
Canciones recomendadas: We Outside Rejoice!, Run Run Run Pt. II, Recitatif
14. caroline 2 - caroline
Durante mucho tiempo, la electrónica fue considerada el locus privilegiado de la innovación musical; esa hipótesis está siendo, hoy, altamente cuestionada por nuevos intentos vanguardistas, muchos de ellos asociados a marcas sonoras de lo folklórico. Es el caso de caroline, un grupo británico que trabaja a partir de una instrumentación orquestal barroca, casi pastoril: violines, flautas, guitarras acústicas. Pero la ponen al servicio de una extraña estética fragmentaria: las canciones parecen tartamudear, quebrarse, estar siempre tropezando. Las mismas letras están compuestas de repeticiones inconclusas: “Without my hands when times were tough in time”, cantan en “Coldplay cover” (“sin mis manos cuando los tiempos eran difíciles en el tiempo”); en “Tell me I never knew that”, con su tocaya Caroline Polachek, el final repite: “It always has been / It always will be” (“siempre ha sido / siempre será”). Ese desequilibrio del sonido refleja, de algún modo, que la comunicación sólo es posible de forma fallida e incompleta, y así debe ser intentada. Una frase se reitera a lo largo del disco: “now I know your mind” (“ahora conozco tu mente”).
Canciones recomendadas: Total euphoria, Tell me I never knew that, U R UR ONLY ACHING
13. Va A Haber Que Hacer Un Pozo - La Vida Secular
La diferencia entre La Vida Secular y otras bandas del nuevo indie argentino es la misma que la diferencia entre el azúcar y el edulcorante. El grupo liderado por Santiago Toranzo tiene, creo, tres armas secretas: primero, una poesía afilada, prolija pero nunca simple; segundo, una producción impecable, que anuda guitarras eléctricas sobre coros etéreos. Tercero, una rareza secreta: bajo esa pátina de meticuloso rock de cantautor se esconde una infinidad de ideas singulares. “Soñé con una guerra” parece armar un escenario barrial, pseudo costumbrista, hasta que en medio de la canción irrumpe un diálogo bíblico: “Jonás le preguntó a su nuevo hogar cetáceo / ¿Cómo se siente que tu cuerpo y tiempo sean usados / para castigar a alguien, para torturar a alguien más?”. O el enigmático inicio del disco: “entre el personaje principal / y el espectador / soñé que era el auto”. No es exactamente surrealismo: parecen canciones escritas en duermevela, tomando la energía de ese momento de transición entre el sueño y el despertar.
Canciones recomendadas: Perro Fantasma, Soñé con una Guerra, Un Lugar en el Desorden
12. Dead Channel Sky - clipping.
Hubo un Tiny Desk imperdible este año y no fue el de 31 Minutos. Para Halloween, el trío californiano clipping. recreó su compleja producción cyberpunk de forma completamente acústica, con pequeños dispositivos robóticos que arrugan papel de aluminio o golpean suavemente tazas y vasos. No es un elogio de lo artesanal sino una reconfiguración de lo técnico, completamente a tono con la narrativa de su nuevo disco: el horrorcore muta a una serie de relatos distópicos plenamente enmarcados en la ciencia ficción. Los efectos de sonido que realizan los dos productores son increíbles, docenas de chirridos y siseos electrónicos; y la presencia de Daveed Diggs ante el micrófono es inigualable. Con un flow frenético, va construyendo escenas, microhistorias, personajes que aparecen y desaparecen entre glitches y explosiones. “Ask What Happened”, la canción que cierra el disco, da sentido al proyecto, recomponiendo la dimensión política que subyace al auge y caída de la industria digital.
Canciones recomendadas: Dodger, Dominator, Ask What Happened
11. Forever Howlong - Black Country, New Road
En 2022, el grupo londinense Black Country, New Road grabó Ants From Up There, un disco que se volvió objeto de culto; inmediatamente, el cantante, Isaac Woods, abandonó el grupo. Lo que siguió fue una búsqueda por recomponer el proyecto, atestiguado por su Live at Bush Hall, un disco grabado en vivo donde experimentaron con diversos sonidos. El camino que eligieron es muy claro: afuera la cacofonía, los gritos desgarrados, los elementos electrónicos; es el momento de la orquestación barroca, las voces dulces de tres integrantes femeninas, y un pop artsy al estilo de Kate Bush. No es lo que yo habría elegido, y sin embargo la potencia prog es innegable: “Happy Birthday” es brillante en su simpleza casi naïf; “Nancy Tries to Take the Night” avanza por una estructura laberíntica que siempre guarda nuevas sorpresas; “Two Horses” guarda uno de mis momentos musicales favoritos del año, justo cuando el ritmo se empieza a acelerar. Y el disco cierra con su mejor canción: “I’ve fallen in love with a feeling / don’t tell me goodbye” (“me enamoré de un sentimiento / no me digas adiós”), cantan a coro las tres voces. Es un momento de puro éxtasis.
Canciones recomendadas: Two Horses, For the Cold Country, Goodbye (Don’t Tell Me)
10. LUX - Rosalía
En sólo un mes, LUX se volvió el disco más discutido del año, tanto que para juzgarlo apropiadamente y considerar su inclusión en esta lista tuve que ir contra mis instintos y tratar de abstraerme del contexto y pensar en el disco en sí. Obviamente eso es imposible, sobre todo en el pop, un género que es en sí mismo puro contexto, la maquinaria social narrándose a sí misma. Con Rosalía, hay que hacer un ejercicio: separarse del relato que ella construye sobre el disco, de la fandomización, de una crítica desesperada por complacer, y escucharlo como un disco pop.
¿Qué me convenció de incluirlo? Un momento específico: en “Divinize”, cuando después del estribillo Rosalía canta “o-o-outside me / i-i-inside me”. Esos segundos condensan todo: la performance vocal imbatible construye, con muy poco, una sensibilidad muy específica. De eso se trata: de una conexión inmediata, más allá de las cuerdas, las referencias religiosas, la producción operática muchas veces excedida. Esa es la parafernalia del pop, pero sólo funciona si atrás hay algo. Y hay algo.
Afrontémoslo: LUX está lejos de ser un disco perfecto. No tiene la delicadeza intimista de Los Ángeles, la apropiación brillante de las tradiciones de El Mal Querer ni la brutal genialidad iconoclasta de Motomami. Es claro que algo que venía funcionando empieza a fallar en torno a la mitad del disco, después de “La Perla”. Si se sostiene, es porque la que canta es Rosalia Vila Tobella, la voz del año. Pero cuando funciona, es indiscutible: la exageración escandalosa de la orquestación es completamente verosímil. Pasa en el coro agresivo de “De madrugá”, en los momentos más motomamis de “Porcelana” (“el placer anestesia mi dolor / el dolor anestesia mi placer”), en “Sexo, Violencia y Llantas”, sin dudas el mejor opener del año.
¿Por qué LUX, entonces, con tantos pruritos? Porque el pop debe fallar, precisamente porque juega al riesgo de lo inmediato, a la inventiva transformadora de la conexión, al delirio de que un sentimiento genuino puede transmitirse en una canción de tres minutos. En LUX, Rosalía se anima a jugar. Eso vale todo.
Canciones recomendadas: Divinize, Sexo Violencia y Llantas, Reliquia, De Madrugá
9. anónimo - Juana Aguirre
Estamos en la mitad de la década: ya están cuajando algunas de las tendencias estéticas que van a marcar lo que algún día recordaremos como “los 20s”. Entre ellas, creo que el renacer de un interés por lo folklórico es quizás la más clara, sobre todo por su transversalidad: va desde el absoluto mainstream hasta los terrenos más innovadores que se proponen tomar la tradición y hacer con ella otra cosa. En Argentina, la insurgente escena de folk experimental tiene un claro antecedente en Juana Molina. Pero hay otra Juana en el escenario.
Juana Aguirre debe estar cansada de que la comparen con su tocaya. Tienen elementos en común: una cierta tonalidad casi salmódica, la cualidad hipnótica de sus melodías. Pero, para comparar sus discos de este año, donde DOGA hace funcionar micro relatos absurdos, inconexos, anónimo se toma a sí mismo más en serio.
Quizás es un efecto de un doble juego: por un lado, está en estricto diálogo con el lenguaje folklórico argentino, más que con el indie acústico de cantautorx. Por el otro, su incorporación de lo digital no es meramente un truco, un adorno sino una parte indisociable de la construcción misma de la canción. Por eso rechazaría para ella la categoría “folktrónica”, que parece hablar de una mezcla, una adición. Es como si Juana Aguirre descubriera que se puede componer electrónicamente un sonido antiguo. Como si viniera de otra línea temporal. Lo atestigua “automático”, una canción donde una percusión clásica sostiene las bases de un sonido crecientemente alienígena, que termina rompiéndose en pedazos. O mi favorita, “lo_divino”, una canción para un fogón postapocalíptico.
¿Por qué ahora? ¿Qué condiciones de este 2025 hicieron posible, o más aún, deseable, este soundtrack para una brujería digital? Hay una cierta imagen del colapso climático que hace chocar las temporalidades entre sí, y quizás algo de eso esté ocurriendo aquí. En “VOLVIERON”, se hace explícito: “Y si mañana el río Grande / inunda todo, no se salva nadie”, canta Juana, para concluir: “¿qué más urgente que nuestro amor?”.
Canciones recomendadas: lo_divino, las espinas, automático, VOLVIERON
8. Foxes in the Snow - Jason Isbell
Un aviso: esto quizás sólo tenga sentido para mí, el único argentino que escucha country. Les pido que dejen sus prejuicios en la puerta y me sigan en una breve historia. Jason Isbell es, quizás, el cantautor más reconocido de Nashville: desde sus tiempos en la icónica banda Drive-By Truckers hasta su carrera solista y su nuevo grupo, The 400 Unit. En este último tocaba el violín Amanda Shires, su esposa, hasta su divorcio en 2023. Este es un disco sobre ese divorcio.
Si algo define el country y la música tradicional estadounidense es una combinación muy específica de elementos confesionales y ficcionales. La palabra clave del género es “autenticidad”, y en eso Jason Isbell es insuperable; ya el último disco con la 400 Unit, Weathervanes, dejaba entrever entre relatos y canciones de amor que una relación se estaba cayendo a pedazos. Foxes in the Snow repone esa historia con una honestidad tan fuerte que a veces resulta casi intolerable.
“You should’ve seen this coming sooner”, advierte en “Eileen”, para luego preguntarse “Do I mean to be alone for all my days?” (“Te lo deberías haber visto venir antes / ¿pienso que voy a estar sólo hasta el fin de mis días?”). En “True Believer”, se deja consumir por la amargura: “All your girlfriends say I broke your fucking heart, and I don’t like it”, brama el estribillo, pero luego admite: “I’ll always be a true believer” (“Todas tus amigas dicen que te rompí el corazón, y no me gusta / siempre seré un verdadero creyente”). Las melodías son mínimas, simples, clásicas, y está completamente ausente la banda: es sólo Jason y su guitarra acústica. La simpleza es un arma. Más que nunca, la poética isbelliana está despojada, reducida a un mínimo. Alcanza, como en “Don’t be tough”, con decir “don’t say love unless you mean it” (“no digas amor si no es en serio”).
Claro que los chismes, por sí sólos, no alcanzan. El disco de Amanda Shires en respuesta a su ex marido, Nobody’s Girl, me gustó bastante menos, aunque me despierte más compasión. Sospecho que ella debe tener la razón, pero él tiene la música. Mi canción favorita, “Gravelweed”, lo pone en palabras: “I’m sorry the love songs all mean different things today” (“Perdón si las canciones de amor significan algo distinto hoy”). El amor no se termina. Sólo empieza a querer decir otra cosa.
Canciones recomendadas: Gravelweed, Eileen, True Believer, Crimson and Clay
7. Valle Chakal Ki - Alkoy
Este año no hubo competencia por el mejor disco de rap argentino. Hubo buenas entradas, del drumless al trap, pero la corona viajará a Salta. Alkoy me da una vez más la oportunidad de hablar del regionalismo, de esta nueva pasión folklórica. Todo su disco está construido sobre bases tomadas de la música tradicional de su provincia. Eso requiere también pensar una especie de descentralización de la escena del hip hop nacional, acentuada claramente por la pandemia: el freestyle de plazas requiere cercanía para generarse e infraestructura para conectarse. La virtualidad aceleró procesos.
La música tiene un lugar central en Valle Chakal Ki: de los 27 minutos que dura el disco, 6 están destinados a un intro y un outro instrumentales (aunque con voces sampleadas); y las canciones contienen extensos momentos donde Alkoy se aleja del micrófono y deja que el sonido vaya construyendo un espacio, destilando imágenes del altiplano salteño. Nunca se siente forzado o impostado. El riesgo de este cruce sintético de tradiciones es que la mezcla no se una, que sea un matrimonio y no una unión estética. Eso es exactamente lo que no pasa aquí.
La pieza que hace funcionar todo el engranaje es la voz. Alkoy fue formado en el freestyle, pero no tiene nada de ostentación: rapea con precisión, a veces con lentitud, pero siempre con maestría. Se maneja a través del paisaje sonoro como en su casa. En “Cuna de proezas”, se describe: “Soy una suma de proezas que a esta altura me cuestan / locuras que conectan con mis dudas resueltas / jacarandá en flor tiñendo el barrio de violeta”. En “Tren a campo santo” se anima a la primera barra jamás escrita en futuro del subjuntivo: “Disfrutar el proceso es lo que se requiere / aunque les hable de hacer arte como si doliere”. La única canción que tiene un verdadero estribillo es “Río Toro Jazz”, y es uno de mis favoritos del año: “Estoy poniendo trampas en mi propia humanidad / y ya no queda nada”. Dentro de un rap que está en plena ebullición, a Alkoy le bastó un año para convertirse en una referencia ineludible, un nombre que seguiremos escuchando.
Canciones recomendadas: Río Toro Jazz, Cuna de Proezas, Ceibos y Plumas, Limbo
6. La Brea - Hesse Kassel
En un stream, el periodista y crítico Agustín Wicki me comentó que en los últimos años hubo una especie de inversión de la división internacional del sonido entre Argentina y Chile: por primera vez, nosotros nos destacamos en el rap y nuestros hermanos trasandinos, en el rock. Este año, Chile se subió a la ola de experimentación post-rockera y tuvo una recepción muy importante en los foros angloparlantes. Hubo muchos discos, y muy buenos, pero ninguno comparable con La Brea, un trabajo monumental, imponente, oscuro.
Por un lado, Hesse Kassel tiene muchos elementos en común con algunas de las bandas más reconocidas del género: las letras casi habladas, la influencia mathcore, el hecho de que cantan el nombre del grupo, los crescendos. Pero cuanto más lo escuchás, más sudaca suena. Las canciones no hablan explícitamente de política, y sin embargo no podría ser otra cosa que la banda sonora de un país que está atravesando una serie de conflictos irresueltos e impasses que amenazan con destituir o restituir la materialidad de lo social. De este lado de la cordillera, lo entendemos.
Esta reseña podría ser sólo una colección de mis momentos favoritos del disco. Por ejemplo: las repeticiones agónicas de “Postparto”, y especialmente “Ser dueña de casa y cumplir con mi fantasía sexual / o tener un poco de sexo anal / ¡ipso facto!”. O el momento de celebración en “Anova”, cuando repiten “en mi casa ya no se trafican armas”. O la ironía en “En tiempo muerto”: “Acá no se vive la vida / en base a diez canciones / sólo de aviones”. Y la respuesta en “Vida en Terranova”: “Acá sí se vive la vida / en base a la banda, la gente / Hesse, ¡Kassel!”.
Siendo muy esquemático, diría que el post rock se divide en dos tradiciones: una más jazzística, virtuosa, cercana a la improvisación, a la exploración instrumental; otra más consciente de su origen punk, más abierta al pathos y a la poesía. Quizás partiendo de esta segunda vía, Hesse Kassel hace otra cosa: su poética desagarrada, no resigna nada de su radicalidad, no deja que la emotividad reterritorialice su potencia. Persiste.
Canciones recomendadas: Vida en Terranova, Postparto, Anova, Yo la tengo
5. Only Dust Remains - Backxwash
Tengo que admitir que me da un poco de culpa que este sea mi disco favorito de Backxwash: es también, y por mucho, su producción más accesible. La rapera zambiano-canadiense es conocida por un sonido industrial, abrasivo e intensamente violento, que en Only Dust Remains modula y entibia parcialmente. Es una decisión inteligente: en medio de la calma, la furia suena más fuerte. Backxwash no tiene tapujos en nombrar a sus enemigos ni en describir la devastación que asola el mundo.
Desde la primera canción habla de Gaza, el Congo, Sudán. La letra tiene algo de introspección, se detiene por momentos en la observación subjetiva del testigo de la hecatombe. Pero luego el disco se vuelca hacia fuera: se convierte en un llamado, una convocatoria. Lo hace a través de los 7 minutos de “Wake Up”: “wake the fuck up!”, repite el estribillo, mientras las estrofas se van llenando de fervor mesiánico: “So the day of judgement / won’t try to play republic / won’t try to sway the covenant / absolve me, I’ll stay repugnant” (“así que el día del juicio / no trataré de jugar a la república / no trataré de cambiar el pacto / absuélvanme, seguiré siendo repugnante”).
Esa temática religiosa va a persistir a lo largo del disco, bajo la forma de la pregunta ética fundamental: la del sentido que podría tener un orden trascendente en medio de la catástrofe. En “Stairway to heaven”, se resuelve a través de un ateísmo radical: “Do not fear the void / it is not your enemy, neither is it your friend / do not fear the loss of your hopes and dreams” (“No temas el vacío / no es tu enemigo, tampoco es tu amigo / no temas la pérdida de tus esperanzas y sueños”). En “9th Heaven”, aparece directamente como una apocalíptica del presente: “Ain’t nothing sweeter than the last breath”, empieza diciendo (“no hay nada más dulce que el último aliento”).
¿Qué quiere decir, hoy, que “lo personal es político”? ¿En qué sentido puede ser personal un genocidio, el cambio climático, el autoritarismo? Backxwash tiene una respuesta guevarista: se trata de sentir la injusticia, cada injusticia, en carne propia. Así lo expresa en “History of Violence”, su manifiesto o testamento político, que parte de una narrativa íntima y avanza implacablemente, hasta explotar en una denuncia: la de quienes callan, la de los cómplices. “Never mention the cause or you’re in league / never get involved or you’re in league” (“nunca menciones la causa o sos cómplice / nunca te entrometas o sos cómplice”).
Canciones recomendadas: History of Violence, Wake Up, Black Lazarus, Dissociation
4. Racing Mount Pleasant - Racing Mount Pleasant
La belleza, a veces, es una cosa obvia, que resiste a cualquier explicación, que no se somete al intelecto, que solamente es. Y Racing Mount Pleasant es bellísimo. La banda, antes llamada Kingfisher, tiene siete miembros: dos saxofones, trompeta, cuerdas, bajos, voces; tienen, también tres artistas visuales que trabajan junto a ellos. La anécdota cuenta que formaron el grupo a pocos minutos de conocerse. No me sorprende: lo que los define es una química que suena instintiva, destinada a ser.
Imposibilitado de explicar el disco, me reduzco a describirlo. RMP parte de una ruptura o una muerte, no es fácil decirlo; en todo caso, narra un duelo. La historia traza un arco perfecto, de “Your New Place” a “Your Old Place”; el lugar es el mismo, pero para el final ha dejado de ser nuevo. Es la única historia posible: en palabras de Bojack Horseman: no me conocías, te enamoraste, y ahora me conocés. El duelo funciona sobre esa lógica del conocerse, llevándola hasta el infinito: “you’re the edge of all I know”, dice la primera canción (“sos el borde de todo lo que sé”).
La belleza de RMP es sutil: está en referencias directas a objetos, momentos, instantes que no podemos terminar de asir, que aparecen entre sombras, sin dejarse mostrar del todo. “Do you still see yourself as you were that night?”, pregunta la voz en “Tenspeed (Shallows)”. O, en la canción homónima: “You’re the one that needs a body / we can see it in the way you smile” (“vos sos la que necesita un cuerpo / lo podemos ver en la forma en que sonreís”).
Pero esas pequeñas imágenes van creciendo. Como toda historia de amor, no conoce el pudor, la timidez. Se atreve a decir cosas como: “I fall back into you / all my love is you” en “You Pt. 2” (“Vuelvo a caer en vos / todo mi amor sos vos”), o “And the kiss from your lips on my forehead, it burns / and the scorching cold of that November night will be forevermore” en “Emily” (“y el beso de tus labios en mi frente me quema / y el frío abrasador de esa noche de noviembre será para siempre”). La pieza central es “Call It Easy”, quizás mi canción favorita del año, especialmente por la forma en que el estribillo estalla para terminar diciendo “that’s not how your story ends” (“así no es como termina tu historia”). La obsesión con el final va consumiendo toda la historia, hasta el momento final del disco, que no voy a spoilear. Porque, de nuevo, hay una belleza que es simple a la que sólo es posible entregarse.
Canciones recomendadas: Call It Easy, Tenspeed (Shallows), Your New Place, Emily
3. DÍA - Ela Minus
Pude ver a Ela Minus en su show en Deseo. Sus equipos estaban de frente al público: para accionarlos, tenía que ponerse de espaldas a nosotros, pero una cámara la captaba en primerísimo primer plano y la proyectaba en la pantalla. A lo largo del show iba operando los dispositivos, moviendo milimétricamente perillas, tecleando en una laptop. La presento: Ela es colombiana pero vive en Estados Unidos, viene del hardcore pero hace electrónica. Canta bastante en inglés, pero en un inglés quebrado, interrumpido por sonidos inconfundiblemente castellanos. Su sonido es absolutamente personal: para ser techno, está demasiado conducido por la voz; para ser electroclash, es demasiado dulce y bailable; es un sonido sintético heterodoxo, único.
Describí su pronunciación como deliberadamente quebrada, porque hay una cierta precariedad que atraviesa toda la estética del disco. También porque la segunda canción se llama, literalmente, “BROKEN”: Ela se describe de rodillas, incapaz de encontrar algo en lo que creer, sintiéndose tonta, rota. En “IDOLS”, eso va a aparecer no sólo en la letra, sino en la aparición de una risa gutural, ominosa; en “IDK”, aparece como el testimonio de alguien que está perdido, que no encuentra su lugar.
Esa condición precaria se hace explícita en “QQQQ”, primera aparición del español en el disco. El estribillo propone cínicamente que “si va a ser así / que se acabe el mundo”, y los versos argumentan que “todos estamos de acuerdo en que esto es / el fin de los tiempos”. En el show en Deseo, fue la canción que más se saltó. Pero no la que más se gritó: ese lugar corresponde a “I WANT TO BE BETTER”, con su estribillo de estadio. Es difícil describir lo maravillosas que son las melodías de Ela Minus: parecen haber existido siempre.
El disco cierra con “COMBAT”, que parece cerrar la pregunta abierta en “QQQQ”. No abandona el instinto destructivo: llama a “no parar hasta quemarlo todo”. Pese a su textura quebradiza, con sintetizadores que chirrían y gorjean, la canción parece más bien un himno.
Canciones recomendadas: I WANT TO BE BETTER, BROKEN, QQQQ, COMBAT
2. COLAPSO - Lisa Scha
Si hay un futuro del pop, yo sueño que suene como Lisa Scha. La cantante argentina había sacado su debut, POSESA, en 2023; abrió este año con un EP, ES EL POP ESTÚPIDA (Vol. 1), con participaciones estelares como las de Fermín y Juana Rozas. Ambos eran geniales, pero para mí representaban más bien la promesa de algo por venir. Ese algo era COLAPSO. Para definirlo en una palabra, el disco es ambicioso. A lo largo de 15 temas, hace estallar cada convención posible del pop: su voz emerge entre cristales rotos, beats veloces e incisivos que se aceleran y ralentizan, referencias escandalosas. Es una falta de respeto.
El disco, en el tema homónimo, se abre con suavidad, hasta que entra en escena Lisa: cuando empieza a cantar, rompe todo a su paso: la música debe ir sumando capas y más capas para seguirle el ritmo, un caleidoscopio de sonidos; mención aparte a la impecable producción de Santiago Toranzo. “No tengo miedo, tengo calor / a la basura todo lo ex / humo, cicuta y thank you next”, dice, y comienza el colapso. En las siguientes canciones, va a tirar todo al asador: la referencia al juego infantil “choco-chocolate” en “DEMONIO”; la interpolación de Lady Gaga en “HIPERSENSIBILIDAD” que todavía me impresiona por su descaro; la performance de diva insaciable en “ARISCA” (“Romance moderno no tiene cura / es que la lengua está vacía, qué tortura”). Discutiendo sobre “TU NOVIA TU ENEMIGA”, una amiga me sugirió que es “como si ‘Mean Girls’ de Charli XCX sonara bien” y no puedo escucharla de otra manera.
Como el disco se anima a todo, también se anima a mutar, incluso a calmarse y volverse más introspectivo. Lo hace sobre el final, en las últimas seis canciones, y contra toda expectativa también eso funciona. “Tengo esta fantasía / de que el mundo está hecho para dos / pero yo sola ya soy un montón”, se ufana en “CHICA”. En “MI DESEO” directamente admite: “me hago la invencible y al final soy una lata / que guarda el deseo pero el de los demás”. Pero mi momento favorito, el que me hizo enamorarme de este disco llega en “ILAPSO”, cuando se habla a sí misma: “Lisa, tenés cuidado, por favor”. Así se termina un disco.
Canciones favoritas: CHICA, ILAPSO, MI DESEO, TU NOVIA TU ENEMIGA, HIPERSENSIBILIDAD
1. Getting Killed - Geese
Esta vez la crítica acertó. El disco del año es Getting Killed, no acepten que les vendan otra cosa. La banda es liderada por Cameron Winter, un yankee de 23 años que el diciembre pasado se convirtió en un nombre ineludible con su disco solista Heavy Metal, que pese a lo que su nombre indica estaba compuesto de piezas de folk extrañas, con letras verborrágicas y poderosas. Getting Killed no suena así: es un disco de rock, con sus guitarras, bajos y baterías, claramente producido a partir de sesiones de jam en estudio. Nada que no hayamos escuchado antes, ¿no?
No. Desde el minuto uno, es claro que Geese está proponiendo otra cosa. La primera canción, “TRINIDAD”, tiene un invitado estrella en JPEGMafia, que grita el estribillo junto a Cameron: “there’s a bomb in my car!” (“¡hay una bomba en mi auto!”). Ese sentido de urgencia se va a mantener presente en todo el disco. También contradiciendo su título, Getting Killed es un proyecto fuertemente vital. Funciona a través de una estrategia muy clara: la liberación de tensiones que fueron construidas meticulosamente a lo largo de cada canción.
Las letras son mínimas, basadas en estructuras que se repiten una y otra vez. Pero la misma reiteración, con una dicción imprecisa, desprolija, cargada de emoción, sirve al sentido. Es lo que ocurre en “Cobra”: el significado de la frase “you should be shame’s only daughter” (“deberías ser la única hija de la vergüenza”) se revela sólo al ser cantada como mantra, cuando el llamado a la vergüenza se revela como una súplica. O en “Taxes”, con una frase bíblica: “Doctor, heal yourself / and I will break my own heart” (“doctor, curate a vos mismo / y yo romperé mi propio corazón”). Quizás esto se note más en las canciones de amor: en el cierre de “Half Real”: “They may say that our love was only half real / but that’s only half truе” (“pueden decir que nuestro amor sólo era medio real / pero eso es sólo medio verdad”), o en “Au Pays du Cocaine”: “You can change and still choose me” (“podés cambiar e igual elegirme a mí”).
Las letras no son necesariamente protagónicas, pero es difícil poner en palabras la potencia de la banda, del groove implacable de “Bow Down” al crescendo final de “Long Island City Here I Come”. Nunca un arte de tapa estuvo tan bien hecho: escuchar Geese se siente como mirar de frente al sol. En un año donde hizo falta, Getting Killed hizo aparecer la esperanza.
Canciones recomendadas: Taxes, Au Pays du Cocaine, Half Real, Cobra, Long Island City Here I Come





























Anoté muchos de esos en mi lista de un disco nuevo por día por un año, gracias :D