Fenomenología del Autocorrector
I.
Estoy parado en medio del vasto blanco de un procesador de texto. Mientras tipeo estas líneas, omito accidentalmente una “a”; el Autocorrector percibe inmediatamente la errata y repone la falla antes de que haya pasado a la siguiente palabra. Ya no escribo sin red: las palabras se ven iluminadas, a veces antes de terminar de formarse, por líneas punteadas de diversos colores indicando posibles fallas gramaticales, ortográficas, incluso confusiones semánticas.
Las intervenciones del Autocorrector pueden ser correcciones o sugerencias. Las correcciones son automáticas, realizadas a priori. El procesador de texto las da por aprobadas, y es tarea de uno tomarse el trabajo de deshacerlas. El accionar del autocorrector no se asemeja al de un corrector humano, sino que lo profundiza: no lee el trabajo una vez terminado, ni sigue su producción como quien lee por encima del hombro, sino que está metido adentro de la pantalla, habitando, invisible, la página blanca.
Las sugerencias, por su parte, aparecen bajo la forma de líneas de color bajo el texto. La tradición dicta que las hay rojas (errores ortográficos) o verdes (errores gramaticales), pero la tecnología ha avanzado: existen también azules o grises, que indican equivocaciones más bien opinables, de categorización imprecisa. Google Docs habilita algunas opciones al clickear la palabra seleccionada; otros procesadores cuentan con alternativas similares.
Las sugerencias se pueden clasificar en tres tipos: las útiles, las inútiles y las que revelan un abismo.
II.
No hay que confundirse: la guerra no ha sido perdida ni ganada. Continúa teniendo lugar. Se sigue disputando en el mismo terreno desde hace al menos dos siglos y medio. Ese terreno es el cerebro: una masa orgánica que continúa interiormente en una mente y exteriormente en un cuerpo, y que tanto en un sentido como en el otro se encuentra sobredeterminado por algo así como lo social.
Lo que ocurre es que eso que descubrieron varios pero teorizó Marx sigue siendo cierto: que la subjetivación es un proceso que tiene lugar en el mismo lugar y simultáneamente con la producción. Que la producción de cosas y la producción de personas son dos caras de una misma moneda.
La guerra, entonces, no es una guerra por el poder (categoría amorfa), ni por la riqueza (categoría naïf), ni por el futuro (categoría inexistente), o al menos no por cada una de ellas como una cosa separada. La guerra es por los sitios estratégicos de control social, en la medida en que estos resortes permiten incidir sobre la constitución de lo real.
El Autocorrector es una máquina de esa guerra. No una particularmente importante, pero sí una cuyos efectos podemos intentar aprehender con relativa cercanía.
III.
El año 2021 no ha tenido lugar.
Debería decir: para el Autocorrector, el año 2021 no ha tenido lugar. O, mejor: para mi Autocorrector, pero usar ese posesivo se siente tan errado como decir “mi inconsciente”. En todo caso, para la instanciación local de la máquina- Autocorrector en mi cuenta de Google. Como sea, ocurre que cuando escribo “2021” emerge una sugerencia: ¿querré decir, tal vez, “2012”? Como una profecía maya, el Autocorrector me propone un corte en el tiempo en aquel año. No parece reaccionar de la misma manera ante ningún otro número.
Algo ha salido mal en algún sitio. El proceso de retroalimentación con el que se alimenta el Autocorrector ha encontrado un glitch, algún elemento involuntario que traba su funcionamiento normal (si existe tal cosa).
Esta es la clase de sugerencia que revela un abismo: algo que está pasando por detrás del sentido lineal que encontramos en la interfaz. No es más que un ejemplo extremo: híper localizado, completamente absurdo. Hay otros, más generalizados y más tenues; por eso mismo, sus consecuencias son más graves.
El Autocorrector de Google, por ejemplo, no aprecia el uso de algunas formas verbales. No es amigo del modo subjuntivo ni de los condicionales, pero en general tiende a sospechar de todo lo que no sea presente del indicativo. “Sea”, escribo; “es”, sugiere. Es capaz de admitir el pretérito o el futuro, en sus formas simples. “Hubiera ido”, escribo; “fue”, sugiere. No lo hace siempre, sólo a veces, lo que en realidad no mejora las cosas; más bien que las agrava: algún proceso impersonal está produciendo la “toma de decisión” de sugerir en ciertos momentos y no hacerlo en otros.
Dos preguntas:
¿Bajo qué condiciones?
¿Con qué consecuencias?
IV.
En mi celular, y en el tuyo, el Autocorrector no pertenece a un procesador de texto determinado sino al teclado. Siguiendo un extraño modelo, los dispositivos móviles cuentan con una única interfaz de input de texto que emplean sistemáticamente en cualquier aplicación que se abra.
La historia evolutiva de este fenómeno corresponde a una transición clave: la atravesada por los celulares cuando dejaron de emular al teléfono para pasar a emular a la computadora. En mi primer Nokia había 10 botones numerados y para tipear una R había que apretar cuatro veces el número 7. Podría decir algunas obviedades, como que el desaparecido BlackBerry es el eslabón perdido entre uno y otro modelo: formato Qwerty y no numérico, pero botones físicos y no pantalla táctil.
En lugar de eso, voy a decir que el teclado actual de los celulares está tan lejos de los primeros modelos Qwerty-táctiles como aquellos estaban de los botones numerados.
La diferencia ya no está en la estructura externa del dispositivo, sino en el modo de uso que le damos nosotros, es decir, en la estructura interna de nuestro comportamiento. Pero no son cosas tan distintas. Se sigue tratando de una transformación en la interfaz-Teclado, del ensamblaje que forman nuestros dedos con la pantalla táctil; no es tan relevante de qué lado se dan los cambios.
Lo que es significativo es que ya no se escribe en un celular del mismo modo que en una computadora.
Para empezar, es posible activar una función que permite desplazar el dedo sobre la pantalla, yendo de una letra a otra sin levantarlo. El movimiento es curioso; requiere una motricidad fina precisa, pero también una cierta velocidad: demasiado lento y el ruido vence a la información, ya que el dispositivo no puede identificar qué letras son más importantes. Implica una gestualidad sólo equiparable a la del acto de firmar. Pero todo esto es menor: sólo una minoría de personas usa los teclados de esta manera, e incluso quienes lo hacen se valen de otra herramienta, que representa la verdadera hegemonía de esta Tercera Era del teclado digital. Me refiero, en realidad al Predictivo, etapa superior del Autocorrector.
Arriba del teclado, tres slots. En cada uno de ellos, una palabra que el dispositivo sospecha que vas a usar. Es innecesario escribir palabras completas: con un par de letras, el Predictivo generalmente las adivina; es innecesario escribirlas bien: pese a los errores, el Predictivo las corrige; es innecesario escribirlas en absoluto: con el comienzo de una frase, el Predictivo sugiere una continuación posible, que suele ser la que buscabas.
V.
Este no es un texto sobre Inteligencia Artificial. No lo es, objetivamente: elegí escribir sobre un fenómeno técnico distinto (aunque cercano), menor en envergadura, menos asociado a batallas culturales. Elegí no hacer explícita la conexión; no preguntar, por ejemplo: ¿puede ser literatura un texto escrito con asistencia mínima del Autocorrector o el Predictivo? Elegí no traer la discusión sobre si un Large Language Model, digamos, una IA generativa como ChatGPT, es básicamente un Autocorrector a gran escala (porque la respuesta a esa pregunta y a casi todas es “no, pero un poco sí”).
No sé si el Autocorrector tiene “inteligencia”. Sospecho que ese debate pasa más por qué es la inteligencia (artificial o no) que sobre el dispositivo técnico en sí. No sé cómo está afectando, por ejemplo, la ortografía de las personas cuya adquisición lingüística primaria ya se dio mediada por pantallas interactivas.
Sí puedo decir que el Autocorrector tiene imaginación. Específicamente, imaginación sociológica, en los términos de Charles Wright Mills. Según el bad boy de la sociología yanki de mitad del siglo pasado (en este punto el Autocorrector se niega a aceptar mi rioplatense y me intenta obligar a escribir yankee), este concepto refiere a la capacidad de cruzar elementos biográficos y elementos históricos; es decir, a la capacidad de dar cuenta de los condicionamientos macro y de las contingencias micro de cada proceso.
Que es exactamente lo que hace, post-estadísticamente, el Predictivo de tu celular: conoce, en el nivel micro, tu historial, las idiosincrasias de tu habla; también conoce, en el nivel macro, las reglas de tu lengua; y conoce, en el nivel medio, las formas generales en que se emplea esa lengua: cómo la mayoría de la gente habla. Y aprende, maquínicamente, a combinar esos niveles.
VI.
El Autocorrector funciona predominantemente mal. Es un tema de memoria, pero no RAM, sino el sentido coloquial de la memoria. El Autocorrector recuerda cosas que no querés que recuerde, y olvida cosas que necesitás. Términos de alguna búsqueda de Google irrelevante siguen apareciendo años más tarde, mientras que no es capaz de retener que sos rioplatense y por lo tanto los verbos en segunda persona singular del presente son agudos (“hacés”, no “haces”).
Estamos infinitamente lejos de un Autocorrector que funcione tan bien que no requiera input humano. En realidad, es un dispositivo diseñado con el input humano como elemento interno. Pero de eso quiero hablar más adelante.
Ahora quiero recordar el abismo, eso señalado por los errores inexplicables de la máquina. Reitero un ejemplo previo: no logro que el Autocorrector de Google Docs entienda el modo subjuntivo. Intenta devolverme al indicativo presente: “entiende”, me sugiere en la frase anterior. Es extraña la sensación que generan las malas correcciones: personalmente, siento que estoy interactuando con un animal, algo vivo pero incapaz de comprender las sutilezas de la lógica humana. No hay ningún motivo para que el indicativo sea un modo preferido sobre el subjuntivo.
¿No hay?
VII.
Quieren que escribamos peor. Al menos eso es lo que me surge pensar cuando una corrección me lleva a observar el abismo. La paranoia es un modo de fácil acceso para el pensamiento: tiene una productividad infinita, pero una eficiencia mínima; esa desmesura la hace igualmente atractiva y peligrosa. Cuando se hace contacto con una tesis paranoica, es posible atajarla, contenerla, ir a buscar las condiciones realmente existentes que limitan su validez y reconstituir sobre su base una hipótesis mejor, es decir, materialista.
Mi hipótesis materialista es más distópica que mi hipótesis paranoica. Creo que los efectos homogeneizantes de la escritura mediada por Autocorrector son evidentes, y creo que las sugerencias sobre la formación morfo-semántica del texto (las conjugaciones verbales son el caso paradigmático) señalan en este sentido.
Por desgracia, reflexionar sobre esto requiere volver a hablar sobre Inteligencia Artificial. Desde hace un buen tiempo, se han dedicado importantes esfuerzos (de inversión, tiempo, fuerza de trabajo y, literalmente, agua) en el desarrollo de Chatbots Generativos que hablen de forma idéntica a los humanos. Es una especie de instrumentalización de la prueba de Turing, la que pone el énfasis en la capacidad de distinguir lingüísticamente una máquina de un ser humano.
Lo que se ha comprendido, desde los orígenes de la computación hasta el presente, no es que en lugar de replicar el modelo cerebral del lenguaje hay que simular sus resultados. Lo que se ha comprendido es que ambos escenarios, réplica y simulación, son virtualmente idénticos. De todos modos, nada de todo esto me importa tanto. Lo que me importa del proyecto de lenguaje generativo idéntico al humano es: ¿para qué?
Los usos de Chatbots Generativos son obvios: sirven básicamente para que un montón de adolescentes no tengan que hacer trabajos prácticos para materias que detestan, para que un montón de CMs y otros profesionales similares vean facilitado su trabajo, para que nadie tenga que usar más de tres neuronas en simultáneo para contestar un mail de laburo. Todos estos usos tienen consecuencias diversas, pero ninguno parece ser un objetivo que justifique los recursos dedicados al desarrollo de IA.
Mi hipótesis es que no se trata de que las IA hablen como nosotros. Se trata de que nosotros hablemos como las IA.
VIII.
Esto despierta algunas líneas de interrogación. Necesitamos continuar hallando las condiciones materiales que afectan nuestra hipótesis. Para esto, tenemos que pensar en las condiciones materiales del habla: sus mediaciones.
El habla inmediata no existe. La primera mediación es el aparato corporal; luego, las diversas formas de escritura. Todas ellas inciden y delimitan las posibilidades del lenguaje, hasta el punto de transformarlo. Una tableta de arcilla no es tan distinta de una máquina de escribir. El lenguaje opera en un loop donde aquello que está espacialmente afuera (del cerebro) y que ocurre cronológicamente después (del pensamiento) afecta a lo que se ubica adentro y antes. (Noté, en la relectura final de este texto, que el Autocorrector había cambiado “espacialmente” por “especialmente”, arruinando mi argumento; son estrategias de supervivencia.)
Me veo, en este punto, atrapado entre dos tendencias: el mandato racional de siempre historizar y la creciente sospecha de que estamos viviendo una época excepcional. Hay, como siempre, una discusión sobre si el tiempo presente es un tiempo de quiebre, una de esas épocas que marcan un antes y un después (dice Borges, en La escritura del dios: “consideré que estábamos, como siempre, en el fin de los tiempos”). Creo, sin embargo, que tenemos algunas buenas razones para sostener al menos la posibilidad de que este presente es efectivamente excepcional.
En otras palabras, circunscribir el impacto de los dispositivos técnicos actuales (de los cuales el Autocorrector no es más que un caso de baja intensidad) en la más amplia historia de los dispositivos de mediación del lenguaje no es contradictorio con plantear que hubo, en ese proceso largo, saltos cualitativos, y que podemos estar viviendo uno de ellos.
IX.
¿Quiénes quieren homogeneizar el habla? Esa es la pregunta evidente, casi estúpida, abierta por la interrogación paranoica. ¿Alcanza con señalar a los tecnofeudatari, los nubelistas, los administradores del capital digital? ¿Quieren ellos producir cambios a nivel lingüístico? ¿Cuál es la agencia que está operando en este propósito, el de homogeneizar el habla?
Como hipótesis metodológica, cuando hablamos de transformaciones que ocurren, como esta, a nivel bio-técnico, es imprescindible que pensemos en términos de agencias distribuidas, combinadas e integradas. Los propósitos específicos no se establecen dentro de las mentes de individuos, ya sea en forma consciente o inconsciente (como asegurarían las lecturas paranoicas); tampoco son meros productos objetivos, racionales, de una disposición de cosas en el nivel estructural de la sociedad (como querrían las lecturas pseudo-materialistas). Los propósitos emergen en la interacción de personas, instituciones y dispositivos, cada uno de los cuáles tiene sus propios bordes más o menos precisos, sus propios límites tendenciales.
Quiero decir que si existe algo así como una búsqueda de la homogeneización del habla, esta no existe en sí misma. Sólo aparece como la combinatoria de los objetivos de una clase (la que comanda, en este caso, la industria de la tecnología digital); los procesos de escala media por los que instituciones e individuos (capitalistas específicos, empresas específicas) ajustan medios a fines puntuales; y la dirección asintótica a la que conducen los desarrollos de ciertas tecnologías en este marco social concreto (desde los límites que imponen las pantallas LCD hasta la modelización de procesadores de texto con la hegemonía de Microsoft).
Si quieren, igualmente, pueden ignorar todo esto. Por suerte tenemos una palabra para esa relación social entre las personas y las cosas que, bajo el signo de la acumulación, establece ciclos de retroalimentación continua entre la explotación técnica de la materia y la producción técnica de lo humano. Esa palabra es das kapital.
Si preguntamos “¿quién quiere esto?” podemos responder “el capital lo quiere”. Es suficiente.
X.
Un paréntesis sobre la Inteligencia. La Inteligencia Artificial, pero también la Inteligencia Estatal, es decir, el control, análisis y diseminación de información sensible con el propósito de obtener resultados políticos diversos; es decir, el diseño de la cognición colectiva, del que las agencias de Inteligencia participan como actores hegemónicos pero nunca totales; es decir, la cognición entendida como modo de producción. Pero también la Inteligencia como cualidad, como coeficiente, como término a ser medido y producido. ¿Con qué herramientas? El Autocorrector. Los sistemas de aprendizaje maquínico y de minería de datos. Los medios de comunicación. Las agencias gubernamentales. Los servicios de inteligencia. Las redes sociales. Los diseños de interfaz. Las editoriales. Los newsletters. Las escuelas públicas. Los dispositivos de geolocalización. Las páginas porno. Las encuestas. Los focus groups. Los kioscos de revistas. Los centros de aprendizaje de idiomas. Los idiomas. Los dialectos. La forma de la boca y el tamaño de la lengua. La disposición de los dedos. El diseño de los teclados. El diseño de los procesadores de texto. El Autocorrector. Eso.
XI.
Pero volvamos a la guerra. Yo describiría el proceso bio-técnico que he intentado bosquejar como un proceso de diseño. ¿Por qué diseño? Porque implica la modulación técnica de la materia a través del trazado de límites sensibles que habilitan umbrales mayores o menores de evolución espontánea. Quiero decir que no se trata de forzar coercitivamente el uso de unas palabras u otras (el modelo bobo de 1984) sino de establecer algunos caminos por los que pueda conducirse la transformación autoorganizada y, digamos burdamente, “natural” del habla. Y otros por los que no pueda.
¿Qué hacer? Deshabilitar el Autocorrector no nos lleva muy lejos: sólo es volver a determinaciones tecnológicas previas (que tampoco han dejado de funcionar: la lógica de la integración). Ir más atrás es volverse ágrafo, mudo, y no cualquiera se banca ser Artaud. Ni siquiera Artaud.
Creo que de lo que se trata, hoy, para nosotros, es decir, para todo lo que pretenda no estar determinado por esa agencia distribuida, combinada e integrada del capital, es precisamente identificar otros márgenes de agencia, que serán igualmente distribuidos. Que tendrán la forma de voluntades personales, conscientes e inconscientes, pero también serán procesos impersonales que habilitarán la consecución de objetivos distintos a la mera acumulación. Buscarlas, identificarlas, luego combinarlas, integrarlas.
Y si algo podemos sacar como conclusión del brutal avance de la lógica de la explotación en las últimas décadas, es que los márgenes de agencia deben ser buscados en los puntos ciegos del enemigo. Hay que bucear en abismos.






